Este verano Karoleta ha realizado un crucero por las ciudades del Báltico (Estocolmo, Helsinky, San Petersburgo, Riga, Gands y Visby) por lo que en esta fecha miercolera no hubo cena habitual.
Las cenas, en los cruceros, suelen ser en restaurante, con carta y a elegir platos (también se podría acudir al restaurante bufé pero es más cómodo estar sentada y acogerte a la carta, aunque eso de menos posibilidades). Lo que si pudimos observar es que el cocinero debía tener raíces o gustos por lo oriental por el uso que hacía (un buen uso, por cierto) de las especias. Pero vamos a lo nuestro.
Como entrante, y acompañando al vino (¿?) siempre venía un plato con quesos. En nuestra mesa habían unos recipientes con panecillos recién horneados de distintos tipos: de semillas, integrales, blancos, especiados, de plátano, de semillas de amapola. Todos deliciosos que iban como anillo al dedo con los quesos (que venían con un racimo de uva). Probabamos el vino antes de comenzar con los quesos para darles una oportunidad real a su sabor. Una vez tomabamos queso, todos los vinos estaban fantásticos (ya conoceis que el queso entorpece el paladar para descubrir cualquier 'pero' que pueda tener el vino).
De todos los primeros platos nos decidimos por un antipasto: unas verduras asadas con melón con proscuto, media cabeza de ajos asados (deliciosamente asados) y un picadillo de aceite y cilantro para adobar el plato. Plato fresco para el verano.
Como platos principales nos decidimos por un gijot de ternera en su salsa con puré de patatas (algo soso, aunque tierno, muy tierno) y unos langostinos asados sobre un flan de arroz basmati con verduras asadas (espárragos, tomatitos y espinacas).
Como postre un tiramisú (nada del otro mundo) y un flan de fresas sobre crujiente de galleta (delicado y poco dulce).
Lo mejor de estas cenas fue que había una promoción para acompañar a las cenas con vino. Por un precio aceptable había un listado de 20 vinos diferentes (diez blancos y diez tintos) a elegir en cada cena (según los platos).
Nos decidimos, dado que nos gusta más, por probar los tintos, uno diferente cada noche.
La segunda noche le tocó el turno Chile, un merlot: Caliterra del 2006. Aromático, profundo en nariz, cremoso y con buenas patas. A Karoleta le entusiasmó.
La cuarta noche: un cabernet sauvignon de Francia, Langhedoc de 2008 (Rouge by barons de Rothschild - Lafite). Vino elegante, suave y fácil de tomar.
El último fue un vino tinto de Sonora (California), Cline Zinfandel del 2008. La uva Zinfandel es de procedencia italiana. Vino, este, muy perfumado a frutas negras, suave y delicado. Nos gustó mucho, tal vez porque ya era el último y sirvió para despedirnos del crucero.
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